viernes 11 de julio de 2008

Nos queda el gerundio

El tiempo que ha pasado le suena a uno como esos sonajeros de niños: su tintineo hace gracia al principio pero, de tanto oírlos, acabas con ganas de mandar al Niágara al sonajero y al niño. El pasado de uno es una mochila, claro, y, por tanto, también un cargado fajo de ataduras mentales y morales, un suceder de vivencias, palabras y acciones que, a poco que te descuidas, se te solapan en el cogote. Algunos le llaman conciencia.
El caso es que lo que viene por venir tampoco es mucho mejor. Lo que uno no ha vivido no forma parte de tu vida. Uno no es la asignatura que todavía no ha aprobado ni la mujer que aún no ha conquistado. Podría decirse, como mucho, que sólo son reales lo sueños de conseguir esas aspiraciones. Pero los sueños, ya fue dicho en verso, no son más que eso.

Dicho todo esto, despedazado pasado y presente, sólo nos queda este momento presente. Pero la "p" que acabo de escribir cuando dije "Pero..." dejó de existir en el momento de ser escrita. O sea, que todo aquello que decimos o hacemos no dura más que su momento de expresión o acción. Pasado ese momento incuantificable pasan a engrosar la ominosa mochila del pasado.

Claro que si el pasado es un lastre, el futuro inexistente y el presente tan efímero, ¿qué nos queda? ...
...nos queda el pasado, el presente y el futuro, reales o no, nos quedan tus manos blancas y la noche aún más blanca cuando la miras. Nos queda todo aquello que soñamos y todo lo que hemos vivido. Y, sobre todo, nos queda el presente, efímero, efiimerísismo, nos queda todo y tanto. Nos queda el quedar, el pudiendo, el teniendo y el siendo. Nos queda un gerundio tan real que, a veces, silenciado el áspero dolor de la filosofía, te devuelve a la vida.

PD.- Las vacaciones se llaman ahora

miércoles 9 de julio de 2008

La novelita moderna

"Le dije que la Calle de Guzmán el Bueno estaba dos manzanas más arriba de forma inconsciente. Enseguida me di cuenta de que le había mentido. Era una manzana abajo, claro, pero cuando quise reaccionar, la señora corría ya en la dirección opuesta. Volví a casa dándole vueltas a la cabeza: ¿Cómo reaccionaría ella cuando se diera cuenta de que le había conducido en dirección opuesta? ¿Se acordaría de mis muertos? ¿sería ella una buena persona? A lo mejor merecería haber sido engañado. Además, a fin de cuentas, no lo hice aposta"

El joven escritor releyó el principio de lo que iba a ser su gran novela y se echó a temblar. "Otra vez la misma mierda", se dijo. "La puñetera historia intrascendente que se escribe para parecer supertrascendente y megamoderno". "Aquí a relativistas no nos gana ni Dios", maldecía por las esquinas. El pobre aprendiz de escritor, frustrado de nuevo, se sentó en el sillón y comenzó a leer la última novela de Juan José Millás.

martes 1 de julio de 2008

El niño, el símbolo

La imagen está tomada como de refilón. Un autobús festivo, unos futbolistas depilados, sonrientes y algo tomados, una copa plateada paseada de mano en mano: una epopeya moderna. El vehículo, descubierto, pasea entre una multitud de personas-bandera, tiñendo la calle, el aire y el viento de dos colores tan antiguos como ningunos otros en el viejo mundo. Todo parece festivo, todo es una sucesión de detalles tan ambiciosos que parece imposible fijarse en nada que no sea el conjunto. Sin embargo, ahí está: en una esquina de la imagen, con la pierna por fuera del autobús y una sonrisa más pícara que improvisada. El futbolista emigrante, el sueño que se convirtió en adulto, el niño que nunca deja de serlo. Disfruta como lo que es y bajo sus pies, ese pasado que se niega a abandonar, ese escudo que lleva grabado como la tinta al papel, ese símbolo de lo que nunca dejará de ser. Todos los que algún día hemos gritado a orillas del Manzanares sabemos que ese chico coloca la bandera en el autobús porque siente que es la suya. Quizá no haya podido hacer declaraciones públicas muy emotivas, quizá la responsabilidad de formar parte de otro equipo le haya impedido pasear la tela rojiblanca por el estadio austriaco que presenció la catarsis patria, quizá. Pero ayer, en medio del jolgorio, del desenfreno, en medio de todos los demás, Fernando Torres se atrevió a colocar el escudo de algunos. Gracias, niño, por recordarnos que no todos son iguales, que los símbolos existen y que tú, sin duda, eres uno de ellos.

miércoles 25 de junio de 2008

Pasión enferma: el Real Madrid y Operación Triunfo

Pido disculpas por mi prolongada ausencia blogera. Escribo ahora unas pocas líneas: quiero hablar de las pasiones infundadas. Y para ello, diré un par de cosas de "Operación Triunfo" y del fútbol.

Ambas cosas, cosificadas como tales cosas, productos de consumo masivo, creados para el ocio y también para su destripamiento intelectual, provocan la misma sensación entre quienes los disfrutan: la pasión entrecomillada y fuera de toda razón. O sea, que uno quiere que el Real Madrid pierda hasta con un equipo de segunda división de la liga checa y no soporta a Iván, esa histriónica caricatura horrible de nuestra sociedad. El Real Madrid, y todo lo que le rodea, me toca bastante el bajo vientre: no soporto sus prepotentes medios de adulación, sus aficionados altivos y ególatras; y quizá menos soporto al chico este que confunde la sinceridad con escupir sus malévolos espasmos psicóticos.

Imagino la cara de sorpresa de algún que otro lector cuando vea este post. Espero que nadie tenga la tentación de imitar a algún que otro reconocido alcalde y le de por mandarme al juzgado por decir lo que me sale de los mismísimos. O sea, de la pasión enferma e irracional. Coño.

viernes 6 de junio de 2008

Declaración solemne de una afición tardía.

El Toreo es una de esas profesiones que uno detesta en la pubertad, como lo de ser militar y matar gente. Lo bueno es la paz, la armonía espiritual de todos los pueblos de la tierra y esas cosas que, a golpe de consigna y camiseta negra, repetía cansinamente desde el burladero de mi adolescencia. Sin embargo, pasa el tiempo y uno, que no es tonto del todo, acaba por hincar la rodilla. Así, de este modo natural, casi profético, llega una tarde y te encuentras frente al espejo renegando de los pacifistas de moqueta y emocionado porque un periodista-escritor dice ante su público que “José Tomás ha vuelto, resucitó y me ha tapado la boca”, para después sublimarse ante la tinta y despacharse un “... después del natural arrastrado y puro, el orfeón de todas las sensibilidades que es capaz de conjurar con la batuta de su muleta...”. Como esto de los toros es algo así como el puente de España que cruzan a diario diestros y siniestros, en la otra acera mediática, otro poeta-crítico taurino asegura que el torero de Galapagar “ya es leyenda y se engrandece”. Y remata: “Un genio llamado José Tomás bordó el toreo y lo elevó a las más altas cumbres de la belleza.... una obra de arte total”.

Por supuesto, ni estuve ayer en la gloriosa corrida de Las Ventas ni pertenezco a una familia taurina ni jamás he pisado el tendido 7, el del “que no” y el “¡a quien defiende a la autoridad!”. Mi reciente afición por el arte magno viene de un par de buenos consejos, de las palabras de un buen amigo y de dos experiencias furtivas en el coso, una apretado sobre la fría piedra del tendido bajo y otra acomodado en un palco de lejanías. Pero más importante que mi inexistente conocimiento de la materia es el hecho de haber superado otro prejuicio, tan absurdo como todos. Porque ni el General es peor persona que el sacerdote, ni José Tomás es artista más bajo que Capote. Como mucho, más popular. Desarraigado de las letanías ecopacifistas, asiste uno al orgasmo colectivo del día después al de ayer con la envidia entreverada: ayer no vi a José Tomás y hoy no he escrito el texto sublime de los arquitectos de la crónica taurina. Y, por si fuera poco, no tengo ni idea de lo que es una verónica, ni un natural, y hasta hace unos días el alguacil me parecía un curilla de pueblo. Pero el paso está dado: no pienso renunciar al espectáculo popular más popular de cuantos tenemos, al antes y el después, al tendido de sol y al de sombra, al griterío ensordecedor, a las tardes soporíferas que preceden, muy de vez en cuando, a esas otras de grana y oro sublimes sin interrupción. Ayer, tengo leído que el torero se paró en los medios, que manejó el capote con una muñeca tocada por los dioses. Tengo leído que la puerta grande se abrió entre gritos y ovaciones, mientras alguno que otro repetía, íntimamente, que ya se puede morir tranquilo. Tengo visto en las fotografías a un torero deslomado sobre el animal, insertado en el testuz, atracado entre los dos pitones, alargado el brazo hasta la carne brava, con el ancla echada sobre la arena, impasible y eterno.

Tarde. Muy tarde. Pero he llegado. Y no pienso irme.